Imprimir Documento PDF
 

“La Resurrección de Cristo nos hace contemporáneos de Él”

Homilía del arzobispo de Granada, en la Santa Misa del Jueves de Pascua, en la iglesia parroquial del Sagrario-Catedral.

Fecha: 16/04/2020

Mis queridos hermanos (los que estáis aquí y los muchos que no estáis aquí pero que estamos unidos en la misma celebración de la Eucaristía).

Una cosa así muy inmediata: hemos cantado “Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es Tu Nombre en toda la tierra!”. Y a lo largo de estos días, muchas veces expresamos en el Prefacio todos los días en la Misa, “por eso todas las criaturas te alaban”. Podemos tener la tentación de decir “Señor, si estamos, vivimos acoquinaditos, podemos vivir asustados, sobrecogidos, por toda esta situación y por todo este silencio, que, de alguna manera, tiene que ver también con el silencio de la muerte, ¿cómo es que todas las criaturas te alaban o todas tus criaturas te cantan?, ¿cómo podemos decir que Tu Nombre es grande?” . Decimos que Tu Nombre es grande y lo decimos con toda conciencia. Y, y decimos que, aunque no entendamos mucho de todos los detalles y de todos los misterios que rodean, esta especie de pandemia.

Sabemos que no es una Voluntad Tuya. Que Tú no juegas con nosotros como un niño juega con un mecano o con soldaditos de plomo, o con lo que se jugaba cuando yo era niño, y que la Creación para Ti no es eso. Que Tú vives esta misma realidad y por eso Te encarnaste. Y por eso sigues con nosotros, compartes con nosotros nuestro destino. El destino de los hombres es Tu propio destino, nuestra historia es Tu propia historia y Tú sufres con el que muere y sufres con el que no se puede despedir del que muere, y sufres con el que está en el hospital, y sufres con los médicos que se dan cuenta que no llegan a todo y con las enfermeras, con las familias y con los que viven asustados por la perspectiva de que un familiar esté ya enfermo y no sepan qué hacer. Y aun así, Te decimos que todas las criaturas Te bendicen y Te alaban: “Todas Te alabamos y Te bendecimos, Señor”; porque, aunque no entendamos mucho o no entendamos casi nada del misterio que rodea toda esta situación, sabemos que Tu designio es un designio de amor, y que el que va a triunfar de todo esto es Tu amor, y que el hecho de que Tu Hijo haya resucitado nos permite vivir esto con paz y hasta con gozo en el fondo del corazón.

Lo que hemos leído estos días, empezamos a leer los Hechos de los Apóstoles, y una expresión que surge muchos días en este contexto hablando por teléfono con unos y con otros: “tenemos que reinventarnos”. Pues claro, sí, tenemos que reinventarnos. Tenemos que reinventarnos nuestra vida familiar, muchos aspectos, vivir más cerca unos de otros, cuidarnos más unos a otros. Sí, es una ocasión para reinventar. Tendremos que reinventar una economía diferente. Yo creo que es un sueño el pensar que se vuelve a como antes. No, no se vuelve a como antes. A lo mejor, tenemos que reinventar una economía más humana y donde la categoría fundamental no sea la optimización del beneficio, sino la categoría fundamental sea el ayudarnos unos a otros. Y es una ocasión para repensar. Tenemos que repensar lo que significa vivir, para nosotros, seres humanos, hombres y mujeres. Tenemos que repensar y reimaginar una relación también entre hombres y mujeres que sea una relación buena; que sea una relación donde busquemos todos el bien de todos, y los unos el bien de los otros, y donde respeto y afecto no sean dos cosas contrapuestas, sino que a mayor afecto, mayor respeto, y a mayor respeto, mayor afecto; y que el afecto no sea una excusa para adueñarse, o apoderarse o manipular al otro, sino que el afecto sea un reconocimiento del misterio grande, de la dignidad grande que cualquier otro y cualquier otra tiene.

Y yo creo que tenemos que reinventar también la polis, la vida política. ¿Qué influencia podemos tener unos pocos hombres y mujeres en la geopolítica grande del mundo? Pero tenemos influencia en nuestros círculos. Y tenemos que concebir nuestro formar parte de una comunidad, también de una comunidad política, donde el bien común pese, donde no pesen los intereses de poder por encima del bien común; donde ni siquiera el bien común se entienda como lo que más le guste a la mayoría, sino como lo que es bueno. ¡Ah! ¿Podemos decir lo que es bueno? Sí, y de hecho lo decimos y de mil maneras, también los que dicen que no creen y que estamos más allá del bien y del mal, que no hay bien ni mal y que todo eso son imaginaciones de unos y de otros. Al final, uno tiene siempre una concepción del bien y una concepción del mal. No conozco a nadie que no tenga una religión. Esa religión puede ser la del dinero o puede ser la del poder, pero todo el mundo tiene una. Entonces, mejor una religión que sea del Dios verdadero y que nos enseñe a amar. Luego fallamos mil veces y yo sé que la Historia está llena de meteduras de pata, de torpezas y de pecados. Y eso teniendo los mandamientos y habiéndonos dicho el Señor “que os améis los unos a otros como yo os he amado”. Quitamos eso, y entonces, como decía Dostoievski, “si Dios no existe, todo está permitido”; pero si todo está permitido, la vida humana, la vida social, la vida de una sociedad humana se convierte en algo imposible.

Mis queridos hermanos, hemos oído la primera homilía cristiana en los Hechos de los Apóstoles de hoy, esa predicación de San Pedro, y me muero yo de vergüenza de pensar que estoy aquí comentando… No estoy comentando lo que dice San Pedro, que está hablando a los judíos y les decía cómo lo que había pasado cumplía las Escrituras y ya había sido anunciado por David. Les estaba hablando a hombres del siglo I, y yo os hablo a vosotros.

Pero la Resurrección de Cristo nos hace contemporáneos de Él y Él se ha hecho, por su Resurrección, contemporáneo nuestro. Hoy es la mañana de Pascua. Hoy y cualquier momento para nosotros es la mañana de Pascua. Y la tierra da gloria y, sencillamente, las criaturas enteras. Los que menos gloria damos somos los hombres porque somos criaturas libres por Voluntad de Dios, y entonces somos capaces de destrozar la tierra, de construir bombas atómicas, de amenazarnos unos a otros, de destruir los bosques y de convertir una tierra, las inmensas praderas de los Estados Unidos, en desiertos estériles donde no se puede plantar nada por el abuso de nuestra avaricia, porque no podemos hablar de otra cosa.

Entonces, nuestra conversión es algo mucho más concreto, más vivo, más serio de lo que nos damos cuenta. A veces, convertirnos pensamos que significa distraernos menos a la hora de rezar el Rosario. Veréis, que nos distraemos. Juan Pablo II lo sabía muy bien y que estamos rezando el Rosario y estamos pensando en lo que tenemos que hacer después, al mismo tiempo que nos acordamos del Señor. Pero que hay muchas cosas que en la vida tienen que cambiar un poquito como de raíz y el tiempo este que el Señor nos da de reflexión, de silencio, también de preocupación, que lo usemos para empezar a reconstruir desde nuevo, desde el principio, desde el comienzo nuestra vida, nuestras relaciones, para hacer de la humanidad una familia. Pero tiene que empezar por algún lado. Hemos conocido la Resurrección del Señor. Vamos a empezar nosotros.

(…) Un sacerdote de un sitio, con un grupito de personas, se va al Mercamadrid, a las cuatro de la mañana, y recoge todas las frutas y las verduras que ya no van a vender en ese día y en estos tiempos que estamos viviendo muchas de las cosas ya no se venden, o se venden mucho menos, lo cargan todo en una camioneta y se lo llevan al banco de alimentos, y se reparte a través de las Cáritas a través de una serie de parroquias y de pueblos. Yo le decía: si necesitáis más gente, yo te busco más gente, y me decía “no, no, que a nosotros ya nos conocen” y me acordé de una cosa que decía mi madre –“mucho ayuda quien poco estorba”. Y cuando han repartido ya el camión de alimentos se va a la puerta del cementerio de una ciudad dormitorio, de esas que hay en las afueras de las ciudades, “mucha gente allí me conoce, aunque mucha otra gente no me conoce, y yo estoy rezando allí por toda la gente que entra en el cementerio, venga acompañado o no venga acompañado, los de la funeraria... Esa es mi misión y los de las tiendas de enfrente ya saben que soy el cura y yo estoy allí para recibir a quien haga falta”. Desde las diez de la mañana, después de haber terminado aquella operación, hasta que se cierra el cementerio. Y dices, “Señor, ¿no es ese un gesto del tipo de amor que necesitamos redescubrir?”. Porque eso no se inventa, se redescubre. ¿Por qué? Porque está ahí, está accesible a todos nosotros. Cosas parecidas, a veces mucho más pequeñas. Un vaso de agua -dijo el Señor- no quedaría sin recompensa.

Señor, cambia nuestro corazón y llénanos del deseo de compartir la vida de maneras así de vivas.

Es verdad que hay una novedad que el Señor nos da y que nos permite vivir, y que el mundo, viviendo esa novedad, es un lugar de acción de gracias, de glorificación a Dios, de alabanza y de gozo constante y permanente. No porque la muerte haya desaparecido, sino porque tenemos la experiencia de algo que es mucho más potente que la muerte, que es el amor de Dios.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

16 de abril de 2020
Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

Escuchar homilía

arriba ⇑