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La fe no es una ideología

II Domingo de Pascua. Ciclo A

Fecha: 31/03/2005. Publicado en: Semanario Alfa y Omega 444



Juan 20, 19-31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengais, les quedan retenidos. »
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
-«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
-«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
-«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
-«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
-«¡Señor Mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
-¿«Porque me has visto has creído?  Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos.  Estos se han escrito para que creás que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.



«Dichosos los que crean sin haber visto». Lo dijo el Señor. Pero habría que evitar introducir en el texto categorías que reflejan (y crean) las experiencias propias del hombre moderno. Jesús no está invitando a una fe ciega, que se contrapone al ver, a la razón. Eso es proyectar en el evangelio la fractura entre fe y razón, característica de la modernidad. Es una fractura que va unida a otras, por ejemplo, la de alma y cuerpo, la de natural y sobrenatural, la de libertad y gracia, la de la ética, la estética y la lógica. Y todas estas fracturas expresan otra más radical y decisiva: la separación entre Dios y la realidad creada. Una separación curiosa y trágica, porque, mientras parece querer subrayar la omnipotencia y el dominio absoluto de Dios, resulta que lo convierte en un pobre soberano absolutista, a imagen de los soberanos absolutistas de este mundo, y cuya única función, al final, parece ser precisamente la de justificar el orden social establecido y sus poderes arbitrarios. Al sacar a Dios fuera del mundo, la imaginación moderna sólo puede hacer de Él una réplica del mundo, sin una verdadera trascendencia.

Volviendo a la fractura entre fe y razón, tan profunda que contamina hasta nuestro lenguaje más cotidiano, en ella sufren tanto la fe como la razón. Pues la razón misma queda reducida a cálculo, a medida, a razón instrumental. Ésa es, con frecuencia, la única modalidad de razón que conoce el hombre moderno. Una modalidad que no sólo deja a Dios fuera de la realidad, sino a casi todo, y a todo hace violencia. Todo lo que no es medible y calculable, o se reduce violentamente a serlo, o queda fuera. Así, lo que queda fuera es todo, porque incluso el mundo físico es mucho más que una cosa medible. Es, por ejemplo, signo del amor de Dios, y eso, que tiene que ver con la capacidad de asombrarse ante la belleza, se lo pierde quien sólo sabe calcular y medir cosas. Quienes sólo saben medir ignoran también la libertad: son carne de cañón para los totalitarismos de cualquier tipo.

Jesús no partía de esa fractura. Declara dichosos a quienes crean en Él después de la generación de los Apóstoles. Pero unos y otros «hemos visto con nuestros ojos, y hemos tocado con nuestras manos». No lo mismo, pero todos hemos visto. Unos vieron a Jesús en su cuerpo físico, y vieron sus signos. Sin duda no fue fácil para ellos llegar a afirmar que en aquel hombre «habitaba corporalmente la plenitud de la divinidad», algo que rompía todos sus esquemas culturales. Los de después, nosotros, hemos visto también: no su carne, pero sí la santidad que su Espíritu Santo hace florecer en ese cuerpo suyo que se dilata en la Historia, en la Iglesia. Porque el cristianismo es un acontecimiento, y porque la fe cristiana no es una ideología, en la tradición cristiana creer no se contrapone a ver. La fe es un don, una elección, pero creer es un acto de la inteligencia, es asentir a lo que se ve y se toca, es ver sin censurar nada.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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