Imprimir Documento PDF
 

La Iglesia, con todos, y al servicio de todos

A los sacerdotes, religiosos y fieles cristianos de la Diócesis con motivo del Día de la Iglesia Diocesana

Fecha: 23/11/2003. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 67. p. 156



I. La Iglesia es el lugar de la humanidad verdadera, donde se nos da la posibilidad -la gracia- de vivir en la verdad. Y la verdad, que ha iluminado la historia desde Cristo, y que ilumina nuestra vida y la llena de esperanza, es que Dios es Amor, que Dios es Padre, y que en ese ser Amor y ser Padre Dios revela su omnipotencia. Se nos da a Sí mismo, y en ese darse nos revela que la relación que Dios quiere que tengamos con Él -y la relación con Dios es siempre  la más determinante de la vida, y de todas las relaciones humanas-, sea participar en su propia vida, sea una relación de amor filial. Ese amor está hecho de “la libertad gloriosa de los hijos de Dios”, y de una confianza sin límites en su paternal misericordia.

Pero, al revelar “el misterio del Padre y de su amor”, como enseña el Concilio, Cristo manifiesta también “el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, 22), es decir, Dios revela en Cristo que, porque somos imagen suya, el destino de la vida es la participación en la vida divina, y el contenido de la vida humana, de las relaciones humanas justas, es la caridad divina. “La Iglesia es en Cristo -decía el Concilio- como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1).

Decir  que la Iglesia es el lugar de la humanidad verdadera es lo mismo que decir que la Iglesia es el lugar de la santidad, porque la santidad -esa palabra que designa el modo de ser propio de Dios, que se ha revelado en Cristo como Amor infinito- consiste en vivir del Amor y para el Amor, y en eso está la humanidad verdadera, esa humanidad que toda persona anhela, que ocasionalmente destella en los gestos humanos más grandes y bellos, pero que no podemos los hombres “fabricar” ni poseer sin que nos haya sido dado el Espíritu de Dios.

Ese Espíritu de santidad es el que ha entrado, por así decir, en “la masa de la historia” con Cristo. Y no ha dejado desde entonces de estar presente en la historia, ni la abandonará ya nunca, hasta que Dios “sea todo en todas las cosas”. Ese Espíritu es como el alma de la Iglesia. Y así es como la Iglesia viene a ser el espacio humano, el Pueblo, donde, por la redención de Cristo y el don de su Espíritu Santo, es posible  la plenitud humana, la realización de una humanidad verdadera. Y por eso la Iglesia, a pesar de las muchas debilidades y pecados de todos los que la componemos, es el lugar de la alegría.

II. En la Iglesia, en efecto, cuando la fe cristiana se acoge en su integridad y con sencillez, es posible la plenitud, se da la plenitud, y se da ya en esta vida mortal, se da ya en este mundo de pecado. Todos podemos ver esa plenitud humana en personas de fe, que son signo de la redención de Cristo. En la Iglesia es posible la plenitud porque somos hijos de Dios, y en ella vivimos la vida de la familia de Dios. En Ella vivimos las relaciones con los demás como relaciones de hermanos. Con Cristo se ha inaugurado la posibilidad de vivir la vida humana como hijos, y no como siervos: siervos de la salud, del afecto de los demás o de “la suerte”.

Y porque en la Iglesia me ha sido dada la experiencia de la infinita misericordia de Dios y del perdón de los pecados; porque en Ella, por la fe y el bautismo, he nacido por gracia a esa vida divina; porque en Ella se cumple la promesa de Cristo, “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”; y porque en Ella la gracia y la ternura de Dios para con nosotros se hacen “carne”,  la Iglesia es para un cristiano lo más querido en este mundo. La comunión de la Iglesia, que es el lugar de la gracia, “vale más que la vida”, como cantaba el autor del salmo 62.  

III. La Iglesia es una, como decimos en el Credo cada domingo. Ella es el único cuerpo de Cristo, extendido en el tiempo y en el espacio por obra del Espíritu Santo. Es una sola familia, “un solo Pueblo, hecho de todos los pueblos”, como decían los cristianos de la antigüedad; un Pueblo cuya ley y cuya cultura tiene como centro el reconocimiento de la dignidad sagrada de toda persona humana, y cuya regla de vida es un amor como el amor que Dios nos tiene.

Es evidente, sin embargo, que la experiencia de la redención, la experiencia de la gracia y la misericordia, para que sea una experiencia plenamente humana, con un rostro humano, y adecuada a nuestra condición,  se hace en un lugar preciso. La vida de la Iglesia -la vida cristiana- se vive en una Iglesia particular, llamada también históricamente “diócesis”, es decir, en una comunidad cristiana presidida por un sucesor de los apóstoles en comunión con el sucesor de Pedro, nuestro Santo Padre el Papa. “La diócesis -dice el Concilio- es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica” (Christus dominus, 11).

O también, al hablar el Concilio de la unión colegial  que debe caracterizar el ejercicio del ministerio episcopal: “La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles. Del mismo modo, cada Obispo es el principio y fundamento visible de unidad en su propia Iglesia, formada a imagen de la Iglesia universal; y de todas las Iglesias particulares queda integrada la una y única Iglesia católica. Por esto cada Obispo representa a su Iglesia, tal como todos a una con el Papa, representan toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad” (Lumen gentium, 23).

Es en la Iglesia particular, en comunión con el Obispo, donde se da el vínculo objetivo y sacramental con Cristo, y donde tiene lugar, mediante esa realidad única en el mundo -porque es siempre signo de la vida divina- que es la comunión eclesial, la experiencia de la redención, es decir, de la libertad, de la gracia y de la misericordia, y del gozo que es fruto del Espíritu santo.

IV. El próximo día 16 de noviembre, junto con las demás diócesis españolas, celebraremos también en la archidiócesis de Granada el Día de la Iglesia Diocesana. Es un día importante para tomar conciencia de que nuestra pertenencia a la Iglesia no consiste en una relación vaga e indeterminada, o abstracta, como la que existe en quienes “piensan lo mismo” o comparten “unos mismos valores”, o unas mismas preferencias. Nuestro ser Iglesia es otra cosa: es la pertenencia a un pueblo, a una familia que, aunque extendida por todo el mundo, tiene siempre su “lugar” concreto en una Iglesia particular, aquí y ahora, en un contexto preciso de lugar y de tiempo, y con una misión específica y propia. Y esta concreción, estos vínculos a la singularidad del espacio y de la “historia”, realzados todavía más por la sucesión apostólica,  no se contraponen a la universalidad y a la catolicidad de la Iglesia: son el modo querido por Dios de su realización y, por eso, también el modo que se adecúa más a nuestra condición humana, tal como es. Así la Iglesia, como sacramento de Cristo, como “cuerpo” de Cristo, extiende en el espacio y en el tiempo, “la redención eterna”, las insondables riquezas de Cristo, y las hace expresivas en cada cultura, en cada circunstancia de la historia, personal y comunitaria, para que Cristo pueda ser “contemporáneo” y “compañero” de cada hombre y de cada mujer en el camino de la vida. Y así también, cada gesto de uno de nosotros, hasta el más pequeño, tiene una dimensión universal, que salta “hasta la vida eterna”: el más sencillo “sí” dado a Cristo y a su amor, en el último rincón de la tierra, en el silencio último del corazón, cambia objetivamente la condición del mundo, hace crecer la presencia de Cristo en él, tiene una repercusión universal, y forma parte de la historia de la salvación.

V. El lema propuesto para este año en el Día de la Iglesia Diocesana es La Iglesia, con todos, y al servicio de todos

La Iglesia, con todos. En los tiempos en que se tendía a concebir la Iglesia como una ideología, los mismos cristianos podíamos con facilidad entenderla también así. Pero las ideologías separan, dividen. Las ideologías son instrumentos de poder de unos hombres sobre otros. La Iglesia no es una ideología. La Iglesia es una comunidad humana creada por la misericordia infinita del Padre, y nacida del costado abierto de Cristo en el abrazo supremo de Dios a la humanidad pecadora en la Cruz.

Porque la Iglesia no es una ideología, no es un sistema, por eso no se contrapone a ninguna a ningún sistema, político o económico, con tal que el respeto a la dignidad del hombre sea promovido, y se salvaguarde la libertad religiosa, fuente de todas las demás libertades; no está contra nadie, sino a favor de todos. Ama la inteligencia, la razón y la verdad, incluso cuando sirven para criticar y purificar la vida de la Iglesia; como ama siempre la libertad de los hombres y su bien. Busca el bien del hombre en tanto que hombre, de todo el hombre, y de todos los hombres. Es aliada y compañera del hombre en la tarea más importante de la vida humana: en la búsqueda del sentido de la vida, de la felicidad y del destino.

La Iglesia, al servicio de todos. La Iglesia sirve al hombre de la manera más decisiva e importante cuando realiza su misión de anunciar el Evangelio, y de proponer a los hombres la vida de la que Ella participa. Haciéndolo, previene y lucha contra el mal más grande, que es el pecado en todas sus formas. Y así, realizando su misión, previene también la droga, y la violencia doméstica, y la pobreza, y otras muchas formas de sufrimiento humano que son fruto del egoísmo y de la avaricia de los hombres.

Luego, y no como algo “añadido” a su misión, sino como un desbordar del Amor que le ha sido dado a Ella y del que Ella vive, la Iglesia atiende y cuida de las heridas del hombre a la medida de sus posibilidades, sin condiciones de ninguna clase.

VI. Tenemos que cuidar entre todos esta inmensa gracia que se nos ha dado, que se llama Iglesia. Ésa es la tarea más importante, porque cuidar de ese “lugar”, y de las relaciones que lo constituyen, es cuidar del bien de nuestra vida. Es cuidar de la esperanza, y de la caridad, y de la fe, es decir, es cuidar de la vida que Dios nos da, que es la que nos permite “caminar en la verdad”. Nos permite ser nosotros mismos en plenitud y con agradecimiento, y por ello, decir “nosotros” con una conciencia nueva, llena de alegría.

En ese lugar, y por el don del Espíritu Santo, permanece en cierto modo la encarnación del Verbo de Dios, y por eso en él la vida divina se hace modo humano de vida, se hace expresividad de una experiencia humana, se hace “cultura”. Tenemos que cuidarla, no como una especie de obligación extrínseca, que viene de fuera y que se nos impone, sino justamente porque nos importa nuestra vida, nuestra alegría, y la vida y la alegría de los hombres. Es así como los hombres cuidan las realidades que más les importan en la vida: su familia y su casa, por señalar los ámbitos que más se asemejan en la experiencia humana a la vida de la Iglesia.

Entre todos tenemos también que sostener la Iglesia diocesana. Sostener las comunidades que la constituimos -sus parroquias, su seminario, sus colegios, sus comunidades religiosas-, y las obras y la misión que lleva a cabo. Sostenerla económicamente, sin duda. Es una forma bien concreta y real de expresar nuestro afecto por la Iglesia, y nuestra pertenencia a Ella. Pero sostenerla tambien con la oración. La oración que nace sincera del deseo es la fuerza del amor, y el instrumento más eficaz de la gracia. Y sostenerla también con nuestra comunión viva, y con nuestro consejo -pienso, por ejemplo, en lo importante que es que los Consejos parroquiales y las Juntas económicas se constituyan y se cuiden en cada parroquia-, y con nuestro testimonio sencillo y valiente, ante la comunidad y ante el mundo, de que Cristo vive, y vive para los hombres, en este cuerpo -a veces herido, maltrecho- que se llama Iglesia. Que es lo más bello que hay en la tierra.

Os bendigo a todos de corazón.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

arriba ⇑