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El misterio de la libertad del hombre

Charles Péguy

Fecha: 28/07/2008. Publicado en: El misterio de los santos inocentes, Ediciones Encuento, 1993



La libertad es como el aire fresco que se respira en un hermoso valle, y que a medida que se sube se vuelve más puro. Hay un deseo innato de aire puro y libre que fortalece al hombre, le da salud, una salud sustancial, viril, que le hace considerar como viciado y nocivo cualquier otro aire.

Es un problema -dice Dios- si sostengo demasiado a los hombres mientras nadan, nunca aprenderán a nadar, nunca madurarán en la adversidad. Pero si les sostengo poco corro riesgo de que se me ahoguen. Si les protejo demasiado destruyo su libertad. Si les protejo demasiado poco, pongo en peligro su salvación. Pero prefiero el riesgo. ¿Qué íbamos a hacer con una salvación que no fuera libre y arriesgada? La libertad es el mismo centro del hombre y mi más bella creación en el hombre, la más irrevocable, la más necesaria.

Es preciso que la libertad salga al encuentro de la gracia. El hombre es una ciudad sitiada. El pecado es un bloqueo perfectamente organizado. La gracia es un ejército real que viene en socorro de la ciudad sitiada. Pero es preciso que la libertad del hombre haga una salida y vaya al encuentro del ejército que viene a socorrerle.

Por la creación de la libertad del hombre y por el ejercicio de esta libertad, Dios se ha puesto en dependencia del hombre. Si la plaza no es socorrida, se pierde. Pero si ella no se socorre a sí misma con esta salida, también se pierde.

Es un desastre doble... Cuando uno deja de encontrar a otro, los dos dejan de encontrarse. La falta del hombre hace fallar a Dios mismo. Cuando la gracia no encuentra a la libertad, tampoco la libertad encuentra a la gracia. Este fallo siempre es doble.

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