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“Mi hijo, el amado, el predilecto”

Bautismo del Señor · Ciclo C

Fecha: 07/01/2007. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 715



Lucas 3, 15-16.21-22 El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego». En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: -Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.



La experiencia cristiana fue una novedad inimaginable, tanto para la mentalidad y la cultura judías como para el mundo pagano helenístico. Lo era en todos los sentidos. Lo era como experiencia humana de pertenencia a una polis nueva, que determinaba la vida de un modo como no lo hacían otras pertenencias, a la familia, a la tribu, a la nación, al imperio, a una clase social. Lo era también como  ethos, como modo de vida y como categorías que rigen la vida y el pensamiento. Y lo era también porque el fundamento de esa vida nueva era la participación en el destino y en la persona de un hombre concreto, Jesús, “en quien habitaba corporalmente la plenitud de la divinidad”, Hijo de Dios nacido de María Virgen, condenado a muerte “bajo Poncio Pilato”, pero vencedor del pecado y de la muerte y vivo para siempre. Y Señor, por esa victoria, de la vida y de la historia. A participar de esa vida se entra participando en la comunión sacramental que Él ha instituido, participando en la comunión de la Iglesia, en la que Él habita y en la que nos da su Espíritu Santo, haciéndonos también a nosotros hijos de Dios. Por eso, la única manera de describir esa maravillosa vida nueva, esa nueva pertenencia, era como participación en la vida divina. 

Para el mundo antiguo no era fácil situar una experiencia así, porque la fe de la Iglesia desafiaba todas sus coordenadas culturales, y al mismo tiempo reclamaba una racionalidad mayor que cualquier otra propuesta de las que circulaban en aquel mundo, bastante cosmopolita por cierto. El esfuerzo intelectual por explicar esa experiencia en unas categorías que le eran insuficientes duró siglos. El problema fundamental para la racionalidad helenística –es decir, para los cristianos, que eran helenistas– era cómo articular la afirmación de la divinidad de Cristo y del Espíritu Santo con la imagen griega del “primer principio”, y cómo articular la relación entre lo divino y lo humano en la persona de Cristo.  Pero, precisamente por la radicalidad absoluta que reclamaba, la experiencia cristiana no podía renunciar a la razón, y a explicarse y a comunicarse en los términos del mundo en que vivía, sin que se perdiera la novedad del misterio. 

En un contexto cultural bien diferente, como es el nuestro, el escándalo de la fe cristiana para la cultura dominante no es menor. Y tiene también que ver con la persona de Cristo, y sus consecuencias para la vida humana, individual y social. En el fondo, el problema no es muy diferente: pues entonces como ahora, el tropiezo está en la Encarnación. El escándalo está ahora en que una persona contingente, histórica, nacida en un lugar de una provincia del imperio romano en un tiempo preciso, pueda ser la medida de la vida y de la historia, la clave de todo. El pensamiento moderno nos ha acostumbrado a ver lo universal sólo como abstracto, de manera que lo histórico y contingente no puede nunca tener valor universal. Y sin embargo, los valores abstractos, las pertenencias abstractas que se nos ofrecen y que nos dominan, no sostienen en absoluto la vida ni la alegría. 

El reto tiene muchas formas, y el trabajo al que ese reto nos llama, también. Sin duda, como en el mundo antiguo, se trata antes que nada de un testimonio, de un “martirio”. Y se trata de convertirse al núcleo de la tradición y de la fe de la Iglesia, que es Jesucristo, y de ensimismarse en él, y de abrir el corazón con sencillez a las implicaciones que tiene el “no vivir ya para nosotros mismos, sino para Aquél que por nosotros murió y resucitó”, implicaciones de las que muchas veces ya no somos apenas conscientes. Se trata de recuperar el significado de nuestro bautismo. Se trata de rehacer en nosotros la comunión de la Iglesia, en el sentido fuerte del termino. Para que la experiencia cristiana de Dios, y de participar en la vida divina, sea de nuevo en nosotros la experiencia determinante, desde la que nos entendemos a nosotros mismos y todo lo demás, con una exigencia también de una racionalidad sin concesiones. Y para poder comunicar a Cristo a un mundo al que Cristo parece no interesarle, pero que se muere sin Él. 

El Hijo Amado, el Predilecto”, amigo de los hombres, ha descendido hasta el abismo de nuestra humanidad rota, hasta el abismo de nuestro pecado y nuestra muerte. Eso es lo que expresa el gesto de su bautismo. Ahí se revela como Hijo. Y ahí se nos da, nos da su vida, para que vivamos verdaderamente, en la alegría y el amor para los que hemos sido creados.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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