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En peregrinación a Jerusalén

Sagrada Familia

Fecha: 01/01/1971. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 616, 6-7



DESDE la época de los jueces - es decir, desde el momento en que Israel  está en posesión de una tierra  y deja de ser un pueblo ambulante-, sus fiestas religiosas están ligadas a ciertos santuarios que, por conservarse allí recuerdos de historia del pueblo elegido o porque gozan del prestigio popular, se convierten en centros de peregrinación. Betel, Siquem, Gilgal y, sobre todo, Silo eran santuarios de este tipo. En Silo había depositada el arca y Josué había hecho división del país. De Silo también es el primer testimonio que poseemos de una verdadera peregrinación: según el libro primero de Samuel, la familia de Elcaná, padre de Samuel, iba todos los años desde su ciudad a Silo para adorar a Dios y ofrecer sacrificios en una fiesta que se celebraba allí, probablemente la de los Tabernáculos.

    A partir del traslado del Arca a Jerusalén y, sobre todo, de la construcción del Templo, es Jerusalén el centro de atracción para la piedad israelita. Ciertamente los otros santuarios subsisten, y hasta reciben algunos de ellos nuevo esplendor con el cisma que divide a Israel en dos reinos, pero nunca llegaron a alcanzar el prestigio de la colina de Sión, sede del Arca y depositaria de las promesas. Además, la existencia de muchos santuarios era un peligro constante para la unidad de la fe; así lo comprendieron los israelitas al pensar que la diversidad de cultos había sido, en buena medida, la causa del derrumbamiento de Israel. Por eso, a partir de la reforma de Josías, pero sobre todo, desde el retorno del exilio, sólo Jerusalén es el santuario del culto legítimo.

    En la época de Jesús había tres grandes peregrinaciones anuales, coincidiendo con las tres grandes fiestas del judaísmo: Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos; muchos judíos de la dispersión, que vivían fuera de Palestina, venían por tierra o por mar a celebrar esas fiestas en Jerusalén. Las cifras de peregrinos que dan los historiadores (según Josefo, para la Pascua del año 67 habría en Jerusalén 2.700.000 peregrinos), son sin duda exageradas, pero en todo caso su afluencia  en las fiestas hacía necesarias ciertas medidas de seguridad: en la época romana, el procurador subía a Jerusalén durante la Pascua.

    Las peregrinaciones se preparaban con una instrucción al pueblo y una colecta de los fondos necesarios; luego la fiesta transcurría entre sacrificios rituales, oraciones y regocijos populares. La ascensión a Jerusalén, al igual que el regreso, se hacía en forma de caravanas; es precisamente a causa de tales caravanas, cuya disciplina no era ni mucho menos rígida, como mejor se explica el episodio que nos narra el evangelio de hoy: un niño podía fácilmente desaparecer, sin ser echado en falta por sus acompañantes hasta el primer lugar de reunión, al fin de la jornada. La religiosidad de estas marchas expresa bien en los Salmos llamados “de las subidas” (Sal.120-134), que se cantaban durante el camino; en ellos se explaya el gozo por participar en el culto y formar parte del pueblo elegido, la seguridad y la confianza en Dios que ha escogido el Templo como morada, y el amor a Jerusalén, “la ciudad bien asentada entre montañas”; todo, en definitiva, lo que constituía la piedad de una fiesta en la que la familia de Jesús, como toda familia piadosa de Palestina, hubo de participar con frecuencia.


F. Javier Martínez

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