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Una boda en que no faltó el vino

II Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Fecha: 17/01/1971. Publicado en: Semanario Diocesano Luz y Vida 619, 6-7

   

El evangelio de hoy contiene el relato del primer milagro de Jesús. Esta “señal”, nos dice el evangelista, tuvo por marco una fiesta de bodas judía, en la que tomaron parte María y el propio Jesús con sus discípulos.

    En las aldeas de Siria las bodas son, aún hoy, muy parecidas a como eran en tiempo de Jesús, e incluso a como las describen ciertos pasajes del Antiguo Testamento. La ceremonia de boda propiamente dicha consiste en la entrada de la novia en casa del esposo. Para ello, el novio, acompañado de “los amigos del esposo”, se dirige entre panderetas y músicas a casa de la novia. Esta, cubierta con un velo y ataviada con toda clase de adornos, es conducida por sus amigas hasta el esposo. Es entonces cuando comienza el cortejo nupcial, en el que participaba todo el pueblo con luminarias -pues solían tener lugar a la caída de la tarde-, danzas y cantos de boda, que sistemáticamente elogian los encantos de la esposa. Tal era la autoridad de estos cortejos que hasta el rabino del lugar interrumpía sus lecciones y salía con sus discípulos a dar los parabienes a los recién casados. Y los esposos, que llevaban sendas coronas adornando su cabeza, recibían tratamiento de “rey” y “reina” mientras duraba la fiesta.

    Es que, efectivamente, la fiesta de bodas no se limitaba a la ceremonia nupcial. Hasta siete días podían durar los festejos, en los que tomaba parte todo el lugar, además de los parientes e invitados venidos de fuera; como las bodas solían celebrarse en marzo, que es en Palestina el mes de las flores, los campesinos podían entregarse sin perjuicio del trabajo a las alegrías de una fiesta que, en las verdaderas aldeas, es lo único que interrumpe la austeridad de la vida cotidiana. Esos días se pasan entre cantares, danzas y banquetes. Entre los platos preferidos están el carnero hervido en leche, las legumbres frescas y los frutos secos, como higos y pasas.

    Un puesto importantísimo en tales banquetes lo tiene el vino. Palestina es, por excelencia, un país de viñedos y de viñadores. Según el pensamiento del Antiguo Testamento, que no desconoce ni muchísimo menos los peligros de embriaguez, el vino forma parte de las bendiciones que Dios concedió a Israel al entregarle la Tierra Prometida. Y la fiesta de la vendimia, llamada fiesta de los tabernáculos, era tal vez la más gozosa y popular del antiguo calendario religioso israelita. El vino era símbolo del amor, y como tal aparece con frecuencia en el Cantar de los Cantares. El salmista alaba al Señor porque ha dado a la tierra “el vino, que alegra el corazón del hombre”: y del templado y sano autor del libro del Eclesiástico son estas palabras; “Como la vida es el vino para el hombre si lo bebes con medida. ¿Qué es la vida a quien le falta el vino, que ha sido creado para contento de los hombres?” el vino entraba a formar parte incluso en los banquetes fúnebres, pero la presencia de un bien vino era sobre todo esencial en una boda. Aún hoy pueden verse en las casas árabes filas de misteriosas jarras que contienen el vino de bodas, que no pueden tocarse hasta el día.

    Así se comprende que la falta de vino en una fiesta de bodas pudiera tomar dimensiones de catástrofe para la familia que se llegase a encontrar en un apuro semejante. En la que nos relata el evangelista, la catástrofe estuvo a punto de producirse, sin duda se hubiera producido de no ser por la atención de María y la grandeza de corazón de Jesús, que estaba allí para evitar que la engría menguase.


F. Javier Martínez

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